Solía inclinar
mi cabeza hacia un lado para escuchar sus palabras de amor con mayor
atención, con mi oído izquierdo. Un día, de repente,
dejé de escucharlas. No sé si fue porque ya se habían
callado, o porque yo no podía escucharlas más. Me empezó
a doler el oído izquierdo, y no sabía si por descostumbre
o porque en sí mi oído estaba dolido. Asistí al
médico y le expliqué mi caso.
- Usted presenta un embarazo ectópico, es decir, "fuera
de lugar" - me dijo mientras hurgaba en mi oído izquierdo
- No es tan común en estos días, ya hay métodos
para evitar estas situaciones -.
"¿Será que estos amores solitarios son todos ectópicos?"
pensaba mientras le preguntaba el procedimiento a seguir.
- Le haré un curetaje, para acabar con este embarazo - y arrancó
dolorosamente de mi oído izquierdo una pequeña criatura,
ahora muerta.
- ¡Qué pena! - dije simulando un aire indiferente y con
un ligero movimiento de hombros mientras observaba aquello que había
salido de mi interior. El médico recogió con una servilleta
los restos de la criatura y comentó que los embarazos ectópicos
nunca son viables, así que desde el principio esa criatura estaba
destinada a desaparecer.
Asentí, aprobando las palabras del médico, pero pensando
y quizás sabiendo que si hubiese seguido escuchando sus palabras
de amor en mi oído izquierdo, quizás esa criatura hubiese
vivido lo suficiente y llegar a crecer en un lugar más adecuado
de mi cuerpo. Pero así son estos amores solitarios, mal percibidos,
mal ubicados, ectópicos.
Destinados a desaparecer.